Las Naciones Unidas comenzó a celebrar el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo en 1975, Año Internacional de la Mujer. Dos años más tarde, en diciembre de 1977, la Asamblea General adoptó una resolución proclamando un Día de las Naciones Unidas para los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.
Desde entonces el Día Internacional de la Mujer se ha convertido en un momento de reflexión sobre los progresos alcanzados, sobre todas las cuestiones que en materia de Igualdad de Oportunidades quedan aún por lograr, y un espacio para visibilizar y reconocer el papel de las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad.
La celebración del 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer, es un hito importante para la Delegación de Igualdad del Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes y cada vez más, para el conjunto de la población que participa de forma activa en cada una de las actividades ofertadas.
Desde la Delegación de Igualdad se ponen en marcha, como todos los años, el concurso de carteles y relatos para el Día Internacional de las Mujeres.
OS PRESENTAMOS EL CARTEL Y EL RELATO GANADOR

EL HECHIZO
Mi abuela Carmen llegó a la casa hechizada a los veinte años, recién casada, con las manos suaves y la cabeza llena de proyectos e ideas que aún no sabía nombrar. Corría el año 1944 y, en aquel pueblo pequeño, invisible y sostenido con los recursos justos que da la tierra, se decía que las mujeres no estaban hechas para dirigir el mundo, aspirar a dominar su destino y mucho menos a sostener y curar cuerpos ajenos cuando apenas podían con el suyo.
A Carmen le hubiera gustado estudiar medicina. Lo dijo una vez, muy bajito, y nunca volvió a repetirlo. Aceptó el destino que le ofrecieron: un marido correcto, hijos sanos y una casa que respiraba con ella.
Educó y cuidó a su marido y a sus cuatro hijos, se empleó a fondo para que nada les faltara y el tiempo restante —el que nunca se dedicó a sí misma—lo gastó en causas ajenas, dejando atrás casi sin notarlo, sus propios anhelos.
En aquella casa de papeles pintados que oprimían el alma, de cortinas pesadas que apagaban el horizonte, de olor a lejía que anestesiaba los sueños, de hogar impostado y cárcel sin rejas, Carmen entregó su vida.
Con el paso del tiempo comenzaron los primeros signos del hechizo.
A los cincuenta tenía la piel intacta y aterciopelada. Aún recuerdo su rostro: el carmín rojo sobre los labios finos, dibujando una sonrisa amplia para quien se cruzara en su camino; y sus ojos —no olvido sus ojos— pequeños, miopes y profundamente cansados.
A los sesenta, aunque sus manos seguían tersas, mostraban agotamiento.
La revelación llegó una tarde, limpiando el desván.
Al fondo, en estantes polvorientos, encontró frascos alineados. Allí los había guardado su suegra Leonor, muchos años atrás, cuando todavía le fue permitido ser dueña de su destino y regente de una pequeña tienda de ultramarinos. Cada frasco contenía una sustancia dorada, espesa, que brillaba como polvo de estrellas.
Al tocarlos, Carmen sintió recuerdos que no eran suyos: una abuela que quiso ser escritora, una tía que soñó con viajar, y sobre todo una madre, la suya, que calló demasiado.
Y decidió desobedecer.
Comenzó por algo pequeño: planeó un viaje sola para ver a su prima Clarita, la que emigró a la ciudad, la que contaba maravillas en las cartas eternas que Carmen recibía y que leía una y otra vez, a solas y en penumbra, no fuera que la luz o la algarabía pudieran romper el hechizo de imaginarse en esa otra vida, la de Clarita.
Ese día, el del primer viaje, se puso los zapatos negros de charol, los que sonaban fuerte, los castigados para siempre en su caja y al fondo del ropero, por estridentes y maleducados.
Viajar le hizo sentir viva, salvaje y libre, aún sabiendo que la culpa viajaba sentada a su lado. Regresó al pueblo, en aquel autobús nocturno que avanzaba con la misma inexplicable calma con la que Clarita le confesó su cautiverio. Apoyó la frente en el cristal frío, tratando de templar sus pensamientos y digerir el relato imposible. Entonces lo comprendió: la violencia no elige casas, las ocupa.
Después de aquel viaje, vinieron otras pequeñas píldoras de libertad: acudir a un teatro, asistir a clases de pintura, de baile, de lectura, y la más poderosa de todas, crear a los setenta y cinco la asociación cultural del pueblo. Un espacio femenino donde se tejía con lanas de todos los colores, redes de sororidad, apoyo y esperanza.
Poco a poco, los frascos dorados del desván comenzaron a vaciarse. El hechizo perdió fuerza. Algunos incluso, se resquebrajaron.
A las mujeres del pueblo les ocurrió lo mismo: rejuvenecieron por dentro, y por contagio inmediato. Carmen abrió el camino y todas comenzaron a despojarse del miedo y a liberarse del peso de lo injustamente impuesto. Renacieron.
Los hombres, en cambio, empezaron a encorvarse. No por castigo, sino por equilibrio. Cargaron por primera vez con el peso de lo no dicho, de lo postergado, de lo que siempre se dio por hecho.
Se empezaba a entender, por fin, que la igualdad no era una concesión, sino un ajuste natural del mundo.
Dicen que el hechizo se extingue cuando la balanza se detiene en el centro.
Yo creo que desaparece el día en que nadie vuelve a aprender a sostener un peso que no le pertenece.
Y el polvo dorado, por fin, ya no pesa: se posa.